miércoles, 2 de mayo de 2012



Hablemos de Peña Nieto.



Ayer cuando usaba mi twitter, me llego un mensaje con esta nota, me pidieron por favor que la publicara. 
La leí y de verdad se me hizo muy interesante.
Se las dejo integra, y espero sea de su agrado.


Por Alejandro Almazán
Política pop.



Conocí a Enrique Peña Nieto en 2004, poco antes de que se convirtiera en candidato a gobernador. Aquella mañana, Peña Nieto estaba nervioso y miraba para todos lados. Comenzó alabando a Arturo Montiel y luego, mientras su asistente le pasaba un pañuelo para que se secara la sudosa frente, habló de manera confusa acerca de su futuro. A lo más que aspiraba era a ser senador. El hombre del pelo peinado con raya perfecta se sabía galán, pero también conocía sus limitaciones: era un tanto huraño y no se le daba la retórica. 
Ése, asombrosamente, fue el Peña Nieto que conocí en el Congreso mexiquense.
Ocho años después, Peña Nieto ha resultado ser un showman nato. En sus mítines, canta con entusiasmo pero mal, baila esos jingles empalagosos que nos recuerdan los años ochenta (a la canción de Laura Branigan, Gloria, la volvieron más horrenda), y se planta en el templete con la seguridad de las cabras en el monte. Y aunque a veces las bolsas dobles bajo los ojos parecen pedirle descanso, Peña Nieto se fortalece apenas recibe los besos de sus admiradoras. “óQuiero un hijo tuyo!”, le han gritado más de una vez.

Al candidato priista siempre le sobran halagos para las mujeres. Pensé que lo hacía porque entendió que la mujer es uno de los regalos que la humanidad se ha concedido a sí misma. Pero no. Lo hace, me dice alguien de su campaña a quien prometí no mencionar su nombre, porque en México ellas representan casi el 52 por ciento del listado nominal.

“Las mujeres, para el candidato, son votos”, me explica de manera muy pedagógica, “La estrategia es aprovechar el encanto de Enrique”. Más tarde, le diré a un viejo amigo priista que Peña Nieto es el Justin Bieber mexicano. “No sabe nada de la vida, pero cómo vende y rompe corazones”, le comentaré. “Podrá ser producto de la tele”, responderá ajustándose las gafas, “Pero también hay que reconocer que el tipo hace bien su papel; ¿a poco no es un histrión?”.

Por cierto: en este personaje del candidato, Peña Nieto no adula más a Montiel, que sigue siendo su jefe, ni a otro ex gobernador con mala reputación. Ya se los ha mandado a decir con Miguel Ángel Osorio, el secretario de Organización del PRI, y todos deben obedecer. Cosas de la imagen.

The show must go on.
Hace unos días, los críticos pusieron el grito en el cielo cuando se supo que Peña Nieto se trasladaba a sus mítines en helicóptero y gastaba algo así como 3 mil 500 dólares por hora. A Peña Nieto eso le ha importado poco. Como que así es su manera de entender los reproches desde que vino al mundo en la colonia Condesa, Distrito Federal, el 20 de julio de 1966, bajo el signo del poder: Leo.

Desde que empezó la campaña, Peña Nieto ha viajado tres horas diarias, de manera que los Augusta de Eolo Plus —propiedad del empresario mexiquense Armando Hinojosa— son una especie de tercera residencia. La segunda sería la Suburban de color negro, con ventanillas a prueba de balas y chasis a prueba de bombas. Y la primera, por ahora, serían los mítines.

Este sábado 28 de abril ha viajado de Tlanelpantla a Neza en un parpadeo. Unas 40 mil personas lo han estado esperando y ya están fastidiadas. Los buses pasaron por ellas a las nueve de la mañana y, cinco horas después, el candidato apenas se aparece. Miles darán el portazo y se irán con lo único que salieron ganando del mitin: una gorra del PRI y una botella con agua. Quienes se queden, seguirán las instrucciones de sus líderes: gritos, pancartas arriba y matracazos. Porque si algo saben hacer los priistas son mítines. Y los mítines, desde siempre, han tenido aires de fiestas callejeras o de funciones circenses. En ese ambiente de locura y entrega, Peña Nieto parece olvidar que los gringos quieren la cabeza de su amigo Humberto Moreira y se le resbalan los vituperios que le han lanzado sus adversarios. Porque eso sí: sus detractores han dado numerosos argumentos para desacreditarlo, la mayoría entresacada de la propia hoja de vida del candidato priista, incapaz, al parecer, de debatir y de cumplir.

Aquí en Neza se repetirá una historia que sólo Peña Nieto ha conseguido: devolverles el aliento a esos viejos priistas que pasaron duros tiempos después de la derrota en 2000. Los líderes, los caciques y todos esos personajes que los caricaturistas han consagrado obesos y trajeados como símbolo de la corrupción, otra vez, se mostrarán petulantes. Las encuestas les dicen que pueden regresar los buenos tiempos.
El mitin terminará y Peña Nieto se trepará al helicóptero. La caja registradora de Eolo Plus volverá a sonar.
Compromiso.

Hay siete palabras que Peña Nieto siempre trae en la lengua: paz, empeño, unidad, cambio, dedicación, esperanza y com-pro-mi-so. La última es música para sus oídos. No en balde la coalición que formaron el PRI y el partido Verde ha sido bautizada como “Compromiso por México”. Y no por nada, en cada mitin, Peña Nieto agarra un plumón negro y, con dos garabatos verticales, rubrica sus compromisos. Los panistas alegan que los com-pro-mi-sos son la principal carta de desprestigio de Peña Nieto y han tratado de exhibirlo mediante spots donde el mensaje es sencillo: el tipo es un mentiroso.

El pasado viernes 27 de abril, en Puebla, Peña Nieto firmó su compromiso número 39: ampliar la cobertura en educación media superior. Para muchos de los jóvenes que asistieron al Auditorio Siglo XXI aquello fue como comer nuevamente su platillo favorito después de tanto tiempo. Lo que Peña Nieto no les dijo es que, desde octubre de 2011, la Cámara de Diputados aprobó la iniciativa que eleva la educación media superior a carácter de obligatoria. El diputado priista Baltazar Hinojosa —hoy coordinador de su campaña presidencial en la Circunscripción I— fue quien la presentó hace dos años.

“Eso es una trampa”, le diré a un priista poblano que pertenece a la academia. Él apagará su cigarrillo y responderá: “La buena fe es más importante que el compromiso”.
Supporting Actress.

Angélica Rivera tiene todo lo necesario para cautivar al ojo público. Esta mujer, hermosa y desafiante, ha entendido muy bien la estrategia de propaganda que requiere Peña Nieto, su marido: debe ser la actriz de reparto. Algunas veces, sobre todo cuando está en el templete y evita grabar las peripecias del candidato con su celular, no llega a un nivel de relevancia determinante para la historia. Pero eso sucede muy poco. En general, Rivera representa algo más que la condición de mera parte del decorado.

Por ejemplo, cuando camina entre la gente que acaba de arrebatarle un beso a Peña Nieto, ella muestra esa capacidad de toda actriz que resulta imprescindible y que contribuye al mundo perfecto que los Peña se han empeñado en mostrar. Rivera produce electricidad por donde pasa. Llega y camina, sin ninguna prisa, saludando siempre con cortesía. Si uno la viera con su sonrisa colgate, jamás creería que en su cuenta de twitter ha hablado mal de los indígenas. En todo el país, mujeres priistas están creando grupos llamados Gaviotas. Ofrecen votos.

Luces, cámara y acción.

Seguridad.
El pasado 27 de marzo, Carlos Ramírez Marín, vicecoordinador de la campaña presidencial del PRI, soltó lo que él llamó un anuncio importante: Peña Nieto se había negado a recibir la seguridad del Estado Mayor Presidencial. La realidad, sin embargo, es otra: después de Felipe Calderón, es probable que no haya otro personaje mejor protegido por el EMP que Peña Nieto. Según uno de los asesores de campaña, en un vuelo hacia la Ciudad de México, llegó a contar en el avión a más de cincuenta. “Son tres grupos”, cuenta, “Uno lo dirige el mero jefe: el general Travis; hay francotiradores y otros, armados, se mezclan entre la gente; no hay manera de que nadie quiera pasarse de listo con el candidato”.
El mundo perfecto.

La última vez que tuve enfrente a Peña Nieto fue en un campo de golf de Valle de Bravo. Aquella tarde, Peña Nieto tenía 38 años y me estrechó la mano, pero no me miró a los ojos. Cuando se sentó se quedó observando fijamente a quien entonces le manejaba la relación con los medios. “Sé que le aterrorizan los reporteros, pero su jefe de prensa no tiene la culpa de que yo esté aquí”, le dije. “No me aterrorizan”, contestó y soltó una sonrisa que apareció y desapareció con la misma rapidez. “¿Y qué quieres saber?”, preguntó y miró su caro reloj suizo como diciendo Rápido, me tengo que ir. Le conté que había conseguido facturas donde se probaba que él ya había rebasado los 216 millones de pesos que las autoridades electorales del Estado de México habían fijado en ese entonces como tope para las campañas. Por un momento, Peña Nieto pareció sacar lumbre por la nariz. Luego respiró como para que le entrara aire bueno y, con cierta diplomacia y desdén, lo negó
todo. Enseguida se marchó de mal modo.

Siete años después, el Peña Nieto que vuelvo a ver está de nuevo bajo la sospecha de gastar hasta lo que no tiene. Los lopezobradoristas, sobre todo, aseguran que el priista ha superado por más de 38 millones de pesos el tope de 336 millones que se estableció en el Cofipe. Beatriz Paredes, la candidata del PRI y del Verde a la jefatura del DF, ha defendido a su compañero: “No es un asunto de gastos, sino de ingenio”. Una frase ingeniosa para no hablar de dinero.

A diferencia de 2005, a Peña Nieto ya no le molesta que lo tachen de gastalón. Lo que sí parece seguirle disgustando son los reporteros. Además, sus asesores saben que habla del mismo modo en que vive —en un mundo de frivolidad— y, ahora que arrasa en las encuestas, quieren cuidarlo. Para eso condenan a los reporteros a estar lejos del templete. Para eso el candidato tiene contratados a fotógrafos multipremiados que evitan sacarle las patas de gallo cuando sonríe, además de un grupo de camarógrafos y twitteros cuya misión es “mostrar el lado humano” de Peña Nieto.

En el futbol dicen que cuando se tiene la ventaja hay que dejar de atacar y volverse defensivo. Y eso, igual que el Andrés Manuel de 2006, está haciendo Peña Nieto.
Posdata: en esta sociedad de símbolos que toma una parte por el todo, el copete de Peña Nieto es como la pipa del subcomandante Marcos o la peluca verde de Brozo.



30 millones con AMLO 



2 comentarios:

  1. que buen artículo. humano, sincero, sin esperar credibilidad o no, tiene crédito y valor por si mismo, este artículo está sentado en una roca mirando ponerse el sol, esperando a que pase la noche y amanezca de nuevo, con un sol más resplandeciente y fuerte que el que acaba de ver ponerse en el horizonte

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  2. Un texto bastante descriptivo del retrato real de Peña Nieto. Creo que más allá de las descalificaciones o de las burlas comunes que podemos hacer sobre él y sus equivocaciones sería bueno difundir más datos como estos, algo simples a primera vista, pero eso sí muy contundentes.
    Gracias, Carlos, por compartir.
    Saludos!!!

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